Hay relatos que no se cuentan solo con palabras, sino con el alma, las telas, los hilos, los colores, las manos, la tierra y el recuerdo de quienes nos enseñaron a amar lo propio. Rafaela Perdomo es un reflejo vivo de esa herencia cultural que une orillas y tradiciones.
Aunque sus raíces nacen en Cabimas, estado Zulia, el destino y los constantes viajes de su padre la trajeron a Ciudad Bolívar cuando apenas tenía cuatro años.
Criada en una familia de cinco hermanos, conserva en la mirada y su rostro apacible el brillo y la nostalgia de una infancia llena de enseñanzas. Al recordar a sus padres, se dibuja en su rostro el quiebre inevitable de la ausencia; su voz logra atenuarse y, aunque pausa por segundos su relato, en esa pausa florece el amor por todos los recuerdos que han dejado en ella.









Rafaela cuenta que su inquietud por el arte despertó temprano. A los 14 años tomó el camino de la creación artística en la escuela de arte María Machado de Guevara, cuando en ese momento se encontraba como director de esta institución el artista y maestro juguetero José Rosario Pérez, y diversos docentes en artes como Luis Obregón Soto, así como sus maestros Santiago Romero y Martínez Barrios.
Sin embargo, el alma de su artesanía viene directamente de su madre, doña Juana. Fue ella quien le enseñó a transformar la costumbre en juego, transmitiéndole la tradición de los caballitos de San Juan una manifestación viva tanto en el Zulia como en el estado Bolívar y, por otra parte, la elaboración de muñecas de trapo artesanales. Lo que empezó como la creación de un juguete propio para los pequeños de la casa, terminó convirtiéndose hasta la actualidad en su cotidianidad y su oficio permanente.
Hoy, Rafaela no solo defiende la identidad y la tradición, sino que hace de ellas, a diario, un espacio de formación, integración e interacción desde su taller. Se declara una fiel servidora de los paisajes del Orinoco, un río al que expresa amar profundamente y que la inspira en cada una de sus creaciones.