El legado vivo del maestro artesano Víctor Ferrer sigue latiendo en el estado Falcón.

Publicado el 03/09/2026

Desde el corazón del estado Falcón, un hombre moldea la madera de Barisigua para darle vida a la fauna venezolana.

Con paciencia, un machete y un colorido inigualable, Víctor Ferrer ha llevado el nombre de su pueblo natal hasta lugares lejanos como Egipto, dejando una herencia que trasciende de generación en generación.

El olor a madera recién cortada y el sonido del serrucho y el cantar de los gallos, han sido la musicalización de la vida de Víctor Ferrer. Nacido el 20 de marzo de 1958 en la población de Nueva Venecia del estado falcón, este maestro artesano creció observando cómo su padre, Abraham Auxiliador Ferrer, transformaba rústicos troncos en delicados cofres, mesas y peinadoras.

Lo que empezó como un juego de niño, lijando y pintando en el taller familiar, pronto se convirtió en un destino ineludible. “Una vez hice un espejito como los de mi papá, pero nadie me lo compró porque no era del gran artesano Abraham”, relata Ferrer con una sonrisa nostálgica en su rostro. Ese rechazo inicial fue la chispa que lo llevó a buscar su propia identidad. Dejó a un lado los muebles y se volcó a la fauna elaborando: gallos, perros, cochinitos. Su primera obra original fue una paloma, el punto de partida de una carrera que lo ha definido por décadas.

¿Cómo es el proceso para crear una pieza? El proceso de creación en la familia Ferrer, es un protocolo que respeta los tiempos de la naturaleza. Toma unos 15 días desde que se internan en el monte para buscar la resistente madera de Barisigua, hasta que la pieza está terminada. Con herramientas sencillas como: un cuchillo, una segueta, un machete para arrancar y un serrucho, Víctor plasma en la madera las plantillas de sus diseños que actualmente forman parte de un legado familiar. “primeramente tenemos que tratar de ubicar la madera que se llama Barisigua, en la cual lo cuadramos y lo llevamos a una plantilla, vemos qué es el tipo de trabajo que vamos a realizar. Entonces hacemos el dibujo sobre una plantilla y de ahí lo plasmamos en la madera y empezamos a tallar” resalto el maestro mientras tomaba un sorbo de café

Sin embargo, lo que realmente distingue a sus obras es el acabado. “Son tallas en madera policromadas. A nivel de Venezuela, son las únicas piezas que tienen ese colorido”, afirma con orgullo. Y no se equivoca; esa explosión de tonos brillantes ha cruzado fronteras, llegando a ser admiradas en lugares tan lejanos como Egipto.

Para Ferrer, su trabajo tiene un valor incalculable, no por su precio en el mercado, sino porque nace de un don de Dios, de una sabiduría que llega sin estudios. Es el esfuerzo de un hombre que a los 12 años ya trabajaba por su cuenta para pagarse los lápices y cuadernos de la escuela primaria.

Al reflexionar sobre el futuro, cuando sus manos ya no tengan la fuerza para tallar, el maestro se muestra sereno y pleno. Su mayor obra no está hecha de madera, sino de sangre. Hoy, sus hijos, nietos y hasta bisnietas siguen sus pasos en el taller, aprendiendo el oficio y fabricando sus propias piezas.  “Si ya mis manos no darían para trabajar más, por lo menos quedaría satisfecho por el legado que estoy dejando, para que tenga todo el mundo el conocimiento de lo que yo fui en un tiempo. Yo empecé a trabajar por mi cuenta desde los 12 años, en la cual terminé mi primaria comprando mis lápices y mis cuadernos por mi propia cuenta.” Expreso el artesano con una sonrisa y mirada hacia el cielo

“Gracias a Dios a mi familia le ha gustado este arte”, concluye emocionado. Desde la parroquia Borojó, en el municipio Buchivacoa del estado Falcón, Víctor Ferrer sigue cumpliendo el eslogan que lleva como bandera: “Artesanía Ferrer, los Ferrer primero que todo”, dejando en alto el nombre de Venezuela con cada trazo de color.

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