Pedro Vicente Pérez Araujo: Medio siglo moldeando la identidad y el barro.

Pedro Vicente Pérez Araujo nació en Barquisimeto. Lleva más de 50 años dedicado al trabajo cerámico, pero también domina otros rubros de la artesanía como el trabajo en cuero, el alambrismo, la orfebrería, la joyería cerámica y la joyería con materia vegetal, quien obtuvo el reconocimiento como maestro honorifico por la Universidad Nacional Experimental Simón Rodríguez.

 ¿Qué fue lo primero que pasó por su mente y su corazón al enterarse de esta distinción?

—El año pasado fui postulado junto con otros cultores del estado Lara, entre los que estaban los morochos Escalona, con quienes he compartido sueños desde muy temprana edad; ellos fueron seleccionados y yo no. Para este año volví a ser postulado junto con otros grandes amigos, entre los que se encuentran dos artesanos, José Manuel Yépez y Adilson Rodríguez, con los que también he compartido muchas luchas. Bueno, al ser postulado con esta distinción no me lo creía y, por supuesto, sentí una emoción muy grande al poder cosechar lo sembrado sin ningún interés personal, más bien colectivo, y ver que la universidad haya tomado en cuenta y reconocido lo hecho durante medio siglo.

Este reconocimiento fue entregado en Caracas, pero por mi condición de salud no pude asistir, y es por lo que se hace este pequeño gran acto en las instalaciones de la UNEARTE Lara, en los espacios de aprendizaje Adelis Fréitez en la ciudad de Barquisimeto.

¿A quién le dedica este importante logro en su vida?

Primeramente, a los ancestros, que de una u otra manera influyeron en mis primeros trabajos de investigación; a mi compañera de vida, Evangelina Márquez, quien ha compartido y se ha hecho cómplice de mis sueños al punto de soñar en conjunto durante tanto tiempo; al colectivo de artesanos, por todas nuestras luchas en pro del reconocimiento de la artesanía como hecho cultural; y a mis hijos y nietos, para que sirva de ejemplo y orgullo para sus vidas.

Mirando hacia atrás, desde sus inicios en el mundo artesanal, ¿imaginó alguna vez que su oficio lo llevaría a las aulas universitarias y al máximo reconocimiento académico del país?

Realmente no, nunca lo imaginé. Pero sí hemos propuesto que la artesanía esté en todos los niveles de educación; así lo hemos incorporado en las leyes que hemos logrado para, de esta manera, preservar nuestra identidad y a la vez promover la creatividad, así como el desarrollo de habilidades y destrezas.

—¿Cómo llegó la artesanía a su vida?

—Podría decir que mi familia viene del campo y mi abuela contaba de las primas que hacían loza; otras tías que visitamos hacían alpargatas y tenían telares de hacer sacos; otra tía hacía velas de sebo; unos primos en Acarigua eran talabarteros de primera que realizaban todos los aperos para la monta de caballos y correas; mi mamá era costurera, tejedora de crochet y hacedora de muñecas de trapo… En fin, una familia grande de artesanos.

Un llamado ancestral, podría decir que sí, porque una vez que fui viendo piezas precolombinas en mis investigaciones y en mi trabajo con el Museo de Quíbor, sentí la necesidad de aprender y poder reproducir estas piezas.

Siempre me preguntaba cómo lo hacían y así, con ensayo y error, sin ninguna orientación, fui experimentando hasta reproducir mi primera loza.  En el año 1985 decidí junto a mi compañera montar un taller para la producción comercial de nuestras piezas; allí nace nuestro taller escuela Artesanía Amalivaca.

—¿Recuerda cuál fue la primera pieza que creó?

—Mis primeras piezas… mi primer trato con el barro. Cerca de mi casa natal pasa una quebrada que, cuando crecía, formaba un barro que agarrábamos para jugar. Hacíamos diferentes figuras: muñecos, burritos, platos, tazas, etcétera, que sacábamos al sol y alguna vez tratamos de quemar, no con buenos resultados. Cuando estudié en el liceo, vimos la materia llamada Áreas de Exploración: Cerámica.

 Allí me destaqué con mis trabajos y el profesor me brindó todo su apoyo prestándome libros sobre el trabajo cerámico, y me regaló mis primeras paletas para moldear, las cuales aún conservo a pesar de haber pasado más de cincuenta años. Allí realicé unas piezas que fueron a exposición, por lo que me sentí muy orgulloso.

Todo maestro tuvo un profesor. ¿Quiénes fueron esos primeros maestros que lo encaminaron en este andar?

Como lo dije, el primero que reconoció y valoró mi destreza fue el profesor Orlando Pérez, reconocido fotógrafo de Barquisimeto quien era docente del liceo.

Tiempo después participé en el taller de cerámica indígena en el Museo de Quíbor con el profesor Duin, y en la Escuela de Artes Plásticas Martín Tovar y Tovar con los profesores Tailor Rodríguez, Urma Duin y Miguel Giménez. También en la galería Barro Cocido del profesor Eduardo Oviedo, además del compartir con otros artesanos del mundo de la cerámica: Eladio Morales, Miguel Ángel Peraza, José Manuel Yépez, la niña Teodora Torrealba, Carmen Díaz y todas las loceras con las cuales aprendimos la mística del trabajo cerámico y esos saberes ancestrales, entre otros. Asimismo, fue clave el intercambio con otros ceramistas a nivel internacional, como la participación en la II Bienal Latinoamericana de Cerámica Artística y Artesanal Condorhuasi en Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, con el profesor Jorge Fernández Chiti, de donde también traje nuevos saberes y conocimientos. Expreso el artesano ceramista del estado Lara.

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